En la Kabbalah, el tiempo no es una sucesión de minutos que avanza sin dirección. Es una estructura viva, flexible y sensible, que responde al estado interno del alma. No transitamos el tiempo, lo moldeamos. Cada instante pulsa según la vibración que sostenemos, y es por eso que dos seres pueden vivir el mismo día de maneras completamente distintas. Para uno puede sentirse pesado y lento; para otro, luminoso y expansivo. El tiempo se experimenta desde la conciencia.
Desde esta perspectiva, la realidad no está organizada en función del reloj, sino de la energía que emitimos. Cuando la persona se encuentra desconectada, apresurada o en automático, el tiempo parece cerrarse, volverse una carga. Pero cuando el alma se ordena, cuando el ser actúa desde propósito, intención y presencia, el tiempo se abre, se vuelve más amplio, más receptivo, como si permitiera que la luz entre con mayor facilidad.
La Kabbalah enseña que cada pensamiento, cada palabra y cada acto generan un impacto directo en la arquitectura del tiempo que habitamos. No vivimos dentro de horas, vivimos dentro de consecuencias energéticas. El tiempo, entonces, no se “consume”; se configura. Se acelera cuando la conciencia está alineada, se ralentiza cuando necesita que el ser despierte, y se detiene cuando el alma se encuentra frente a un dilema profundo.
Existen momentos en los que la luz espiritual se revela con más fuerza. No porque lo indique un calendario, sino porque la vibración interna coincide con la vibración del momento. La persona siente que “todo fluye”, o que “todo se traba”, no por casualidad, sino porque está entrando en resonancia, o en disonancia, con el tiempo que está creando.
Es un territorio de aprendizaje continuo. Cada día contiene portales, pequeñas puertas que se activan con decisiones, actos de conciencia, correcciones internas. Cuando el alma elige elevarse, esos portales se expanden y permiten que la realidad se transforme con mayor rapidez. Cuando el alma se bloquea, los portales se cierran y todo se vuelve más denso, más lento, más limitado.
El tiempo espiritual es el espacio donde el alma dialoga con la creación. Se mide en comprensión, revelación y crecimiento. Todo avance interno deja una huella en el tiempo, y toda resistencia interna genera una pausa. Por eso, transformar la conciencia transforma también la manera en que el tiempo se manifiesta.
Comprender esto es comprender que el presente no es rígido. Es maleable y sensible. Es un campo dinámico que responde a la vibración que sostenemos. Vivir desde este entendimiento es aprender a caminar dentro del tiempo de manera consciente, reconociendo que cada instante puede convertirse en una oportunidad para alinearse con la luz, para corregir y para elevarse.
El tiempo es el escenario donde la transformación se vuelve posible. Y el alma, cuando despierta, descubre que no está atrapada en él, lo está creando.